Después de escuchar y observar durante varias semanas las “apabullantes” propuestas políticas de los candidatos electorales de distintos niveles y colores, al pueblo “llano” no nos queda más remedio que caer de hinojos anonadados ante la brillantez, inteligencia superior y visión de Estado que adornan la personalidad de los que nos quieren pastorear durante los próximos años.
Si nos fijamos bien, no ha habido uno que no prometa moralizar a la policía, cuando no pueden hacerlo ni con el personal de su casa. No falta el que va a salvar a los pobres de la miseria en una oferta sorprendente y novedosa que jamás habíamos escuchado en la historia del México contemporáneo, sobre todo desde la Revolución hasta el día de hoy, en que 47 millones de mexicanos siguen en el hambre.
Cada uno de ellos compite en sus florilegios y propuestas, que dejan hecho polvo el optimismo dispendioso del “Buen Fin”, invento profundo y enjundioso de nuestros próceres que ha dejado a un buen número de mexicanos en quiebra, pero eso sí, con tele de plasma y Nintendo de la última generación, mientras los candidatos repiten sus promesas educativas, con las cuales milagrosamente habremos de salir del fondo del pozo de la ignorancia para lucir los dorados blasones del conocimiento, de la capacitación y las competencias profesionales, en tanto esos “aspirantitos” siguen solapando vergonzosamente a las mafias de los casinos, para así convertir a nuestras ciudades en verdaderos “congales” del narco.
Cualquiera de ellos afirma enfáticamente que no hay asunto que no vaya a resolverse gracias a su llegada al poder y al botín, y a su catarata de promesas huecas, lugares comunes y ofertas escuchadas hasta la náusea, pero, eso sí, ninguno ha propuesto que la sociedad civil les audite sus trapisondas o les haga un modesto “examen de confianza”, que hasta los narcopolicías aprueban.
Frente a todo esto, nadie en su sano juicio podría esperar que alguno de estos dictadores en ciernes se atreviera a reconocer lo poco que le importa que el 40% de la población se esté muriendo de hambre, siempre y cuando él pueda colocar a su bienamada, a sus compadres y a todos sus valedores en los huesos que habrán de quedar libres para ser roídos inmisericordemente por las nuevas hordas de salvadores de la patria, que habrán de sustituir a las pequeñas ratitas escuálidas que llegaron hace seis o más años y que pronto saldrán gordas y pachonas, con su pelo brillante, sus largas uñas manicuradas y sus inmensos y retorcidos colmillos recién blanqueados.
Las confesiones y arrepentimientos de esos próceres jamás los habremos de oír, ya que ellos seguirán urdiendo cuanta mentira y falsa promesa puedan inventar o les diseñen sus “asesores de imagen pública” hasta lograr que alguna “encuesta” califique a los ganadores como los más simpáticos, los más dicharacheros, los que mejor bailen y los que las “canten” con más estilo, porque al fin y al cabo eso es lo único que importa en esta “feria de vanidades”.
En esas condiciones nos esperan siete meses de “encuestitis” aguda, para la cual no hay vacuna ni penicilina que sirva, y al respecto, en ningún momento, ninguna casa encuestadora, ningún “asesor de imagen pública” ha propuesto a toda la población que se les haga a los candidatos una verdadera auditoría de conducta pública y privada, haciendo un análisis verdaderamente objetivo de qué han hecho durante su vida profesional y política; y si esa auditoría se hiciera con honradez, transparencia y en todos los niveles, sabríamos en forma veraz todo lo bueno y malo de cada uno, desde el más modesto diputado local hasta el más encumbrado prócer de la patria. Tendríamos también un diagnóstico que nos permitiría saber cuántas veces han repetido las mismas promesas sin cumplirlas, cómo y en dónde se han enriquecido, cómo han quedado los pobres por donde ellos han pasado y quiénes son los que han lucrado brutalmente a la sombra de las actividades públicas.
En razón de ello vamos a proponer en el Congreso que el IFE salvaguarde los derechos humanos y electorales de toda la población, comprobando fehacientemente quién es quién en la política y haciéndolo público frente a toda la población antes de que vayamos a votar, ya que estamos corriendo el peligro de hacer una selección entre personas que realmente no conocemos y en atención a ofertas que jamás han cumplido, porque si lo hubieran hecho no estaría el país en la situación que hoy enfrenta.
No hay que olvidar que después de dos o tres años de cada gobierno uno se encuentra cada vez más personas que dicen “si yo hubiera sabido la clase de jijo de… que era éste, jamás le hubiera dado mi voto”, todo lo cual refrenda que los pocos que votaron libremente se arrepienten, y así es como se va formando esta cadena infinita de impunidades que nos va a llevar al mismo fracaso y a la misma desilusión cada sexenio, si no obligamos a los candidatos a que rindan cuentas de su pasado antes de llegar a su futuro “hueso”.
Si nos fijamos bien, no ha habido uno que no prometa moralizar a la policía, cuando no pueden hacerlo ni con el personal de su casa. No falta el que va a salvar a los pobres de la miseria en una oferta sorprendente y novedosa que jamás habíamos escuchado en la historia del México contemporáneo, sobre todo desde la Revolución hasta el día de hoy, en que 47 millones de mexicanos siguen en el hambre.
Cada uno de ellos compite en sus florilegios y propuestas, que dejan hecho polvo el optimismo dispendioso del “Buen Fin”, invento profundo y enjundioso de nuestros próceres que ha dejado a un buen número de mexicanos en quiebra, pero eso sí, con tele de plasma y Nintendo de la última generación, mientras los candidatos repiten sus promesas educativas, con las cuales milagrosamente habremos de salir del fondo del pozo de la ignorancia para lucir los dorados blasones del conocimiento, de la capacitación y las competencias profesionales, en tanto esos “aspirantitos” siguen solapando vergonzosamente a las mafias de los casinos, para así convertir a nuestras ciudades en verdaderos “congales” del narco.
Cualquiera de ellos afirma enfáticamente que no hay asunto que no vaya a resolverse gracias a su llegada al poder y al botín, y a su catarata de promesas huecas, lugares comunes y ofertas escuchadas hasta la náusea, pero, eso sí, ninguno ha propuesto que la sociedad civil les audite sus trapisondas o les haga un modesto “examen de confianza”, que hasta los narcopolicías aprueban.
Frente a todo esto, nadie en su sano juicio podría esperar que alguno de estos dictadores en ciernes se atreviera a reconocer lo poco que le importa que el 40% de la población se esté muriendo de hambre, siempre y cuando él pueda colocar a su bienamada, a sus compadres y a todos sus valedores en los huesos que habrán de quedar libres para ser roídos inmisericordemente por las nuevas hordas de salvadores de la patria, que habrán de sustituir a las pequeñas ratitas escuálidas que llegaron hace seis o más años y que pronto saldrán gordas y pachonas, con su pelo brillante, sus largas uñas manicuradas y sus inmensos y retorcidos colmillos recién blanqueados.
Las confesiones y arrepentimientos de esos próceres jamás los habremos de oír, ya que ellos seguirán urdiendo cuanta mentira y falsa promesa puedan inventar o les diseñen sus “asesores de imagen pública” hasta lograr que alguna “encuesta” califique a los ganadores como los más simpáticos, los más dicharacheros, los que mejor bailen y los que las “canten” con más estilo, porque al fin y al cabo eso es lo único que importa en esta “feria de vanidades”.
En esas condiciones nos esperan siete meses de “encuestitis” aguda, para la cual no hay vacuna ni penicilina que sirva, y al respecto, en ningún momento, ninguna casa encuestadora, ningún “asesor de imagen pública” ha propuesto a toda la población que se les haga a los candidatos una verdadera auditoría de conducta pública y privada, haciendo un análisis verdaderamente objetivo de qué han hecho durante su vida profesional y política; y si esa auditoría se hiciera con honradez, transparencia y en todos los niveles, sabríamos en forma veraz todo lo bueno y malo de cada uno, desde el más modesto diputado local hasta el más encumbrado prócer de la patria. Tendríamos también un diagnóstico que nos permitiría saber cuántas veces han repetido las mismas promesas sin cumplirlas, cómo y en dónde se han enriquecido, cómo han quedado los pobres por donde ellos han pasado y quiénes son los que han lucrado brutalmente a la sombra de las actividades públicas.
En razón de ello vamos a proponer en el Congreso que el IFE salvaguarde los derechos humanos y electorales de toda la población, comprobando fehacientemente quién es quién en la política y haciéndolo público frente a toda la población antes de que vayamos a votar, ya que estamos corriendo el peligro de hacer una selección entre personas que realmente no conocemos y en atención a ofertas que jamás han cumplido, porque si lo hubieran hecho no estaría el país en la situación que hoy enfrenta.
No hay que olvidar que después de dos o tres años de cada gobierno uno se encuentra cada vez más personas que dicen “si yo hubiera sabido la clase de jijo de… que era éste, jamás le hubiera dado mi voto”, todo lo cual refrenda que los pocos que votaron libremente se arrepienten, y así es como se va formando esta cadena infinita de impunidades que nos va a llevar al mismo fracaso y a la misma desilusión cada sexenio, si no obligamos a los candidatos a que rindan cuentas de su pasado antes de llegar a su futuro “hueso”.
Alejandro Gertz Manero







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