Juan Jose Morales
Ya el gobierno federal lanzó la licitación para construir el aeropuerto de la Riviera Maya, en Quintana Roo. Y con ello se abrió una gran interrogante: ¿Cómo afectará esa obra —y el consecuente desarrollo urbano— al medio ambiente de la zona de Tulum, particularmente a esa parte que no se ve? Y es que ahí existen, a pocos metros bajo la superficie, grandes y complejos sistemas hidrológicos subterráneos, muy frágiles y vulnerables, de los cuales depende, nada más ni nada menos, toda la ecología de esa joya turística de México que es la parte media de la costa caribeña.
En efecto, según han revelado recientes exploraciones e investigaciones —las cuales mencionamos en esta columna el pasado 2 de octubre—, en el área de Tulum, precisamente donde se pretende construir el nuevo aeropuerto y se proyecta edificar una gran zona habitacional, se encuentran los cuatro sistemas de ríos subterráneos más grandes del mundo, el mayor de los cuales uno se extiende a lo largo de 180 kilómetros y otro por 150.
Esas caudalosas e intrincadas corrientes ocultas son hogar de especies únicas en el mundo, que por su rareza han recibido protección especial de acuerdo con la Norma Oficial Mexicana 059.
Pero los ríos escondidos de Tulum no son una mera curiosidad geológica o biológica. Son una especie de sistema circulatorio que mantiene con vida y en saludables condiciones todos los ecosistemas que conecta: las selvas, los humedales, las dunas costeras, las praderas submarinas de aguas someras aledañas al litoral, y la cadena de arrecifes coralinos. Todos esos ecosistemas conforman el paisaje de la zona costera —que es la base de la actividad turística— y no funcionan aisladamente, sino que están íntimamente ligados e interrelacionados. Lo que ocurre en uno de ellos repercute inevitablemente en los demás. Y la red hidrológica subterránea es —repetimos— una pieza fundamental para su buen funcionamiento.
Pero, infortunadamente, esos ríos ocultos están muy expuestos a sufrir serios daños y —sobre todo— a una desastrosa contaminación. El terreno peninsular, de rocas calizas muy permeables, permite la rápida infiltración de cualquier contaminante desde la superficie. Para agravar las cosas, el manto acuífero que alimenta a esas venas y arterias hidráulicas se encuentra a sólo unos metros de profundidad. Por otro lado, esa capa —la única fuente de agua dulce en esta región carente de ríos superficiales— es muy delgada: apenas 15 metros de espesor. Cualquier infiltración de aguas negras o sustancias tóxicas, puede afectarla en todo su limitado grosor. Además, por su proximidad a la costa, es muy vulnerable a la intrusión de agua marina si se extrae demasiado líquido para usos domésticos y comerciales.
Y cualquier contaminación o salinización de los acuíferos subterráneos, puede tener muy graves consecuencias sobre los humedales, los pastizales submarinos y los arrecifes de coral. Estos últimos tienen una insospechada importancia: en los pastizales crecen las algas calcáreas de cuyos restos provienen, tras morir y descomponerse, los finísimos granos de arena que dan sus especiales características a las playas del Caribe mexicano. Los arrecifes, por su parte, además de sus aportes de arena y de ser un gran atractivo turístico, actúan como rompeolas natural que protege a las playas de los embates de tormentas y huracanes. Ambos ecosistemas son, pues, cruciales para la actividad turística.
En fin, el acuífero de Tulum es demasiado importante para no preocuparse por las consecuencias que pueda tener —no sólo sobre él sino también sobre todo aquello con lo cual está relacionado— un desarrollo desordenado o mal planeado. Y la preocupación aumenta cuando uno ve los problemas que ya están ocurriendo en lugares como Mérida y Cancún, donde el manto de agua subterráneo está sufriendo ya lo que no se quiere que ocurra en Tulum.
En efecto, según han revelado recientes exploraciones e investigaciones —las cuales mencionamos en esta columna el pasado 2 de octubre—, en el área de Tulum, precisamente donde se pretende construir el nuevo aeropuerto y se proyecta edificar una gran zona habitacional, se encuentran los cuatro sistemas de ríos subterráneos más grandes del mundo, el mayor de los cuales uno se extiende a lo largo de 180 kilómetros y otro por 150.
Esas caudalosas e intrincadas corrientes ocultas son hogar de especies únicas en el mundo, que por su rareza han recibido protección especial de acuerdo con la Norma Oficial Mexicana 059.
Pero los ríos escondidos de Tulum no son una mera curiosidad geológica o biológica. Son una especie de sistema circulatorio que mantiene con vida y en saludables condiciones todos los ecosistemas que conecta: las selvas, los humedales, las dunas costeras, las praderas submarinas de aguas someras aledañas al litoral, y la cadena de arrecifes coralinos. Todos esos ecosistemas conforman el paisaje de la zona costera —que es la base de la actividad turística— y no funcionan aisladamente, sino que están íntimamente ligados e interrelacionados. Lo que ocurre en uno de ellos repercute inevitablemente en los demás. Y la red hidrológica subterránea es —repetimos— una pieza fundamental para su buen funcionamiento.
Pero, infortunadamente, esos ríos ocultos están muy expuestos a sufrir serios daños y —sobre todo— a una desastrosa contaminación. El terreno peninsular, de rocas calizas muy permeables, permite la rápida infiltración de cualquier contaminante desde la superficie. Para agravar las cosas, el manto acuífero que alimenta a esas venas y arterias hidráulicas se encuentra a sólo unos metros de profundidad. Por otro lado, esa capa —la única fuente de agua dulce en esta región carente de ríos superficiales— es muy delgada: apenas 15 metros de espesor. Cualquier infiltración de aguas negras o sustancias tóxicas, puede afectarla en todo su limitado grosor. Además, por su proximidad a la costa, es muy vulnerable a la intrusión de agua marina si se extrae demasiado líquido para usos domésticos y comerciales.
Y cualquier contaminación o salinización de los acuíferos subterráneos, puede tener muy graves consecuencias sobre los humedales, los pastizales submarinos y los arrecifes de coral. Estos últimos tienen una insospechada importancia: en los pastizales crecen las algas calcáreas de cuyos restos provienen, tras morir y descomponerse, los finísimos granos de arena que dan sus especiales características a las playas del Caribe mexicano. Los arrecifes, por su parte, además de sus aportes de arena y de ser un gran atractivo turístico, actúan como rompeolas natural que protege a las playas de los embates de tormentas y huracanes. Ambos ecosistemas son, pues, cruciales para la actividad turística.
En fin, el acuífero de Tulum es demasiado importante para no preocuparse por las consecuencias que pueda tener —no sólo sobre él sino también sobre todo aquello con lo cual está relacionado— un desarrollo desordenado o mal planeado. Y la preocupación aumenta cuando uno ve los problemas que ya están ocurriendo en lugares como Mérida y Cancún, donde el manto de agua subterráneo está sufriendo ya lo que no se quiere que ocurra en Tulum.







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