Nació en el barrio de Tepito en el centro de la Ciudad de México el 7 de abril de 1952. Creció dentro de las difusas fronteras del Barrio Bravo y se formó en él ese sentido de pertenencia tan característico de sus habitantes. Desde muy joven, fomentó un modo de hacer literatura y periodismo que revitaliza el habla popular y ha creado a lo largo de más de 30 años de trabajo un mosaico de personajes icónicos de la cultura urbana que subyace en la Ciudad.
Su modo de concebir historias y escribir literatura parte de lo popular; la voz de Armando Ramírez surge de la tradición oral de arrabales y barrios marginados. Su lenguaje es el que se escucha todos los días en la Ciudad de México. Esa forma de escribir, lo confronta con los críticos literarios que buscan en las letras, la depuración de un lenguaje perfecto y preciso de acuerdo a los cánones tradicionales. “Hay que revalorizar el español que se habla en México” afirma Ramírez al justificar su modo de contar historias,”en España la forma de ofender a la gente es muy religiosa. El mexicano ofende agrediendo a la mujer, porque su cultura es matriarcal…en los barrios populares se habla “cantadito” y ese tono es el mismo de las culturas prehispánicas”.
Su niñez transcurrió dentro de una vecindad frente a la Plaza de Fray Bartolomé de las Casas, en el corazón de Tepito. Su primer acercamiento a las letras se lo dio su abuelo, un anciano carrancista que le enseñó a él y a sus hermanos a leer y escribir: “No salíamos sin aprender la lección del día. Era un saque de onda.”
Esos recuerdos, junto a los “cuentos orales” que Ramírez escuchaba en boca de teporochos, carteristas y boxeadores fracasados; y “la formación libresca de la vecindad, que consiste en Walt Disney, historias de viaje y la mitología griega”, fueron las motivaciones que lo llevaron a expresarse a través de la literatura. En su más temprana juventud, trabajo de “morongo”, ayudante de una carnicería y vendedor de lotería, luego “le entré a la hojalatería por curiosidad, porque todo mundo lo hacía”. Mientras era estudiante de la Vocacional 7, publicó pequeños cuentos en Jueves de Excélsior, dirigido por Manuel Horta.
Así surgió, cuando apenas tenía 19 años, la novela que impulsó su carrera de escritor. En 1971 Armando Ramírez había terminado de escribir Chin Chin el teporocho y acudió a la editorial de historietas y revistas de aventuras Donato Guerra, única casa editorial de que tenía conocimiento. Ahí, lo enviaron a la editorial Novaro, en Naucalpan, con la consigna de buscar a un editor llamado Luis Guillermo Piaza.
Chin chin el teporocho es la historia de un borracho que cuenta las desventuras de vida que lo han llevado a terminar en las calles. El lenguaje popular, lleno de albures, juegos de palabras y léxico altisonante inauguraba una especie de literatura verídica de las zonas marginales.A partir de entonces, Armando Ramírez continuó escribiendo y en un concurso de cuentos realizado en Tepito, obtuvo el primer lugar por el cuento de Ratero . Ahí trabó amistad con uno de sus jurados, Edmundo Valadés, “quien me llevó a su librería de División del Norte y me regaló el Ulises de James Joyce”.
Actualmente, Armando Ramírez trabaja en un nuevo proyecto llamado La Tepiteada, que busca conjuntar la cotidianeidad de la Ciudad de México con La Iliada de Homero.
Colabora todos los días en el noticiario de Carlos Loret de Mola con una sátira política, elaborada a su muy particular estilo, una forma irreverente que es por definición, la forma de Armando Ramírez, quien afirma que:”pretendo escribir mentándoles la madre. No me interesa tener el respeto de la clase media, de la universidad o las sociedades culturales, nunca tuve una beca ni me he acercado a los grandes vudús para que me palmeen la espalda.”







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