Ciento setenta mil personas hablarán por mucho tiempo de lo que anoche, al amparo de la mortecina luz de Uh, aconteció en La Plancha. La palabra éxito, ese lugar común al que todos aspiran pero al que pocos acuden, resarció las heridas de una urbe envuelta en sus propios delirios. Y nada ni nadie logró detener aquello.
Shakira en La Plancha fue como una semidiosa concebida por Itzamná y forjada en las fraguas de los pozos eternos de las bocas de los itzaes. Tierna, dulce, sumisa ante sus fans, pero rebelde, entregada, pasional y directa, así fue la barranquillera. Y en un alarde de lo que ella sabe hacer: cantar y punto, Mérida, la ciudad de la paz, se ciñó las sienes de olivas. Sin duda alguna, aún con los pormenores que acarrea toda concentración masiva como la de anoche.
Diez minutos antes de las nueve de la noche el acceso a la zona de La Plancha todavía permanecía un poco lento, de tal manera que en el interior del espectáculo los fans y los curiosos apenas sumaban 120 mil, más o menos, a esa hora. La propia Shakira, enterada de cómo estaba accediendo la gente y de que aún faltaba bastante, ella misma decidió retrasar unos minutos su presentación.
De ese modo, el concierto, programado para las 21:00 horas, arrancó a las nueve y media de la noche y tras un tema de apertura Shakira saltó al escenario con un “buenas noches, Mérida” que anudó miles, decenas de miles de gargantas.
Ataviada con un pantalón de licra totalmente pegado a su cuerpo y una blusa dorada, de inmediato arrebató los alaridos de las miles de gargantas concentradas, apretujadas en esas cinco hectáreas que conforman el polígono de La Plancha, apenas hace un par de meses llenas de maleza y de alimañas.
“Buenas noches Mérida, cómo esta mi gente”, saludó la colombiana. Y los yucatecos y los que vinieron de fuera respondieron al unísono que muy bien. Y los fans y los villamelones como el cronista sintieron cómo la emoción les enchinaba el cuerpo.
“Estoy feliz de estar entre tantos de ustedes, somos 150 mil personas hoy. Gracias Mérida que ya se siente como una de esas noches inolvidables. ¡Que disfruten esta noche! ¡Mérida, soy toda tuya!”, añadió y cantó “Si te vas”. Sin embargo, el reporte final de la SSP indicó que, sumando a los que se congregaron en las calles aledañas del evento y sobre los techos de las casas, es que se alcanzó la cifra de 170 mil.
Un artista como Shakira no necesita de preámbulos ni de protocolos, pero la noche en la que la ciudad de la paz se extravió en pos de un viaje musical por el pop ecléctico y las reminiscencias hacia el folklore caribeño, afro, el reggae y la balada, tuvo varios prolegómenos que anticiparon una jornada de locura.
Y es que hacia las siete de la noche, dos horas y media antes del espectáculo el cronista recorrió los alrededores de La Plancha y constató lo que se veía venir: la masa, la muchedumbre, el delirante arrebato por ir a corear las canciones aunque no las sepamos, aunque nos critiquen por irle a la colombiana.
El espectáculo inició sobre ruedas. Una y otra canción hasta que ella misma se paró frente al pasillo del escenario y exclamó: “¿Quién se quiere subir conmigo al escenario!”, y unas jovencitas que se encontraban en las proximidades del escenario no dudaron ni un segundo. Shakira les pidió que movieran las caderas como ella lo hace y tanto las niñas como el público enloquecieron. “Estas guapísima”, le susurró una de las muchachitas a la cantante. Y ella le respondió: “Tú también”, y se dieron de besos en las mejillas.
“Esta canción la escribí hace muchos años en una playa cerca de mi lugar natal Barranquilla, en una noche llena de estrellas y de amigos, como ahora, y desde eso es una de mis favoritas”, dijo en una de las pausas, pocas, por cierto, porque desde que saltó a las candilejas del escenario hizo de la música una vida.
Cogió la guitarra y se la colgó al hombro. El tema se llama “Inevitable” y es una de esas canciones que tienen un ritmo lento que a poco va in crescendo hasta volver a su punto inicial.
Fue ahí donde la gente que estaba hasta adelante se sentó y el escenario se desplegó en toda su magnitud ante los ojos de los que estaban ahí. Y Shakira en el centro como una especie de ángel bajado de una máquina se tornó en una memoria colectiva.
A partir de ese momento ya nada ni nadie existía en la ciudad de la paz. Solamente éramos nosotros y la artista. La artista y nosotros. Aunque no la vieras directamente a varios metros, escondido entre la masa, irreconocible entre miles de personas, cual aguja en un pajar, eso no importaba; la cosa era que nos hallábamos ensimismados con una bella colombiana en cuyas caderas no se pone sino más bien sale el sol.
Con lo anterior certificamos que Mérida está más que lista para seguir recibiendo espectáculos mundiales como el de anoche y que nos valga un soberano pepino los absurdos y estúpidos llamados a boicotearlos. Las más de 150 mil personas confirmadas por la propia artista acabaron por acallar las protestas. Ya ni los disturbios, los naturales desmanes que se arman al patrocinio del anonimato que nos proporciona la masa, lograron dar al traste con el concierto.
“Nothing else matters”, tema de Metallica, adaptado al más puro estilo shakiriano, término que acabó por acuñarse anoche en La Plancha, motivo un cambió de vestuario de la colombiana. Una de sus bailarinas danzó en una especie de ofrenda y luego apareció Shakira en el escenario repartiendo margaritas. Tenía una falda roja, una especie de pollera colorá como la sangre henchida en las venas de sus miles de fans envueltos por las estrellas del Mayab eterno y la blusa como la plata de la luna que soñaba con derramarse en aquel ombligo de la barranquillera.
Delante de sí, el cronista tenía una imagen de lo más hermoso. La poética aparición de la sensualidad de Shakira y de la diosa Uh en una combinación que sólo aquí, en esta ciudad que desaparece bajo las lajas de la eternidad de Kukulcán y se instala en la ceiba sagrada, puede notarse, puede advertirse sin miedo.
Y luego unió las palmas en torno suyo para uno de esos bailes a los que tiene acostumbrados a sus fans, en el zapateo de los ritmos afroantillanos. Asistimos a una especie de ritual de la colombiana auxiliada por los tambores de sus músicos. Y para consuelo de los que se encontraban en las zonas rosa y blanca, a decenas de metros de las caderas de Shakira, hasta quienes estuvimos en la zona platino tuvimos que conformarnos con las pantallas para un acercamiento más óptimo del momento del baile y de la guitarra flamenca, porque, claro, venía asomándose a nuestros oídos “Gitana”.
Y la luna, casi llena, con un pedacito apenas oculto por encima de las orejas del conejo que perenne la habita, se colgaba una nube como el rebozo, como los cabellos dorados de Shakira que resbalan por sus hombros y apuntan hacia aquel delta que genera la vida.
Entonces el recuerdo de Shakira rebasa las posibilidades de la retina y se instala en un teléfono celular de última generación y las redes sociales, esas que el cronista aborrece con tanta fruición, dan cuenta de lo que ocurre en la ciudad de la paz, de lo terrible que nos sentimos por aquellos que no alcanzaron un espacio en el concierto y de la pena que sentimos por los pobres infelices que trataron de boicotear el asunto.
Y ni por asomo la noche fue un fracaso. Ni por un instante dudamos que la ciudad de la paz estaba colgándose un laurel para emular a Nike con este concierto.
Y Shakira nos da la espalda. Y admiremos su trasero de barranquillera moverse, menearse sobre las pupilas de sus fans, subirse a los hombros de nuestra memoria caribeña.
Se retira el hombre de los larguísimos “drets” que la acompañó en los coros y ella vuelve a hombros con un clásico: “Ciega, sorda y muda”. Y nos parece que esa canción no es de ella, sino del dominio público, de tanto que la escuchamos ya es propiedad de la colectividad en Mérida y de otros lugares. Se trata también de una de las demostraciones de energía de la artista en un baile frenético por todo el escenario.
Después presenta a su banda, músicos de Brasil, Estados Unidos, Irlanda, Sudáfrica. “De verdad hay noches difíciles y estoy segura que dentro de nosotros hay un sol que no se extingue jamás, esto se llama Sale el sol”, anunció y efectivamente brilló imaginariamente el sol sobre La Plancha y su luz se extendió a la Rosa de los Vientos. Y un momento de éxtasis fue cuando se abrió la blusa plateada como si la rompiera, como en señal de dejar volar las palomas aprisionadas por el sostén.
La calidad del espectáculo no tuvo ni un reclamo. El uso de la tecnología para distribuir el sonido y las imágenes a través de las pantallas permitió observar, incluso para los que la tenían cerquita, como los futbolistas campeones del mundo de la Sub 17, los detalles de la belleza de la barranquillera.
Y ella vuelve y sigue con los clásicos, “Las de la intuición” al más puro estilo discotequero, como si de un remix hecho por Neil Tennant y Chris Lowe, los Pet Shop Boys, se tratase, pero como estamos hablando de Shakira, eso da paso a la variedad con canciones y machaca con otra que ya se ha vuelto un clásico: “Loca”. Y se acompaña de un par de soberbias negras en cuyos derrieres se extravió el cronista.
“Loba” fue precisamente cuando la luna ya se había deshecho de los mantos que la cubrían y estaba desnuda en todo lo alto y ese baño de plata que ha engatusado por los siglos de los siglos a los poetas que emergen de los cenotes del Mayab, se encontraba en el sudado ombligo de Shakira.
Volvamos al asunto de sus caderas y ese maldito baile con el que el cronista y miles de personas soñarán por varios días. Tenemos a Shakira enfrente y hasta ya parece que no es una realidad, sino un sueño. Pero ese sueño, como decíamos, nos pertenece y lo llevamos de recuerdo en los teléfonos celulares, de este modo, benditos sean esos malditos aparatos que nos permiten perpetuar el movimiento de las caderas de la barranquillera.
Y de pronto: “Gracias Mérida, los quiero mucho, buenas noches”. Eran las 23:02 horas y el público no fue capaz de moverse de sus asientos. Pedían el Waka Waka o Rabiosa. Y comenzaron a corear su nombre para ver si la hacían volver al escenario. El cronista, habituado a estos pormenores, estaba seguro de que volvería porque las luces no se habían apagado.
Los encores se suscitaron uno detrás de otro. Poco a poco hasta que concluyeron con un video de niños africanos hablando sobre sus sueños, en un anticipo del colofón: Waka Waka. Entonces la gente empezó a mirar que en el escenario una linda barranquillera los había tomado por asalto y por ello hablarán de lo acontecido hasta que se pierda la memoria en el devenir del tiempo.
A las 23:15 horas se bajó del escenario y a las 23:20 el cronista miró a las dos camionetas, una blanca y una negra alejarse a toda velocidad escoltadas por policías de élite de la Secretaría de Seguridad Pública y de un par de patrullas federales. En una de ellas iba Shakira soñando con el embrujo del poderoso Mayab eterno.
(Rafael Gómez Chi)







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